Exposiciones

Todas las cosas imaginables – Eduardo Hurtado

  • 11 septiembre - 25 octubre10/09/14
  • S/T (Enciclopedia)
  • Vista exposición / installation view
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  • S/T / Untitled, 2014
  • S/T / Untitled, 2014
  • S/T / Untitled, 2014

DESDE EL ARCÉN SE DIVISA EL PEDESTAL.

Ángel Calvo Ulloa

Eduardo Hurtado se ha visto seducido por los datos que han dejado de ser válidos. Por los libros que contaban una historia que parece ya no ser importante, que quizás haya dejado de ser historia. En ocasiones uno evita pensar mal, pero recordamos esa frase de Orwell –citada hasta la pérdida de su significado- en la que se mezclan control, pasado, presente y futuro; entonces fruncimos el ceño y confiamos en que no nos hayan contado algo que ya haya dejado de interesarles y por lo tanto también haya dejado de ser válido.

Imágenes de imágenes de imágenes. Textos borrados, reescritos, rotos. Signos, figuras, cuerpos, recintos arrasados por las aguas. Piedras desmoronadas sobre piedras. Lugar que ahora sobrevuela el polvo. Morada sin memoria, ¿quién te tuvo? Tiempo hambriento de ser empozado en la noche. Siembras palabras y responden ecos, ecos de ecos en la bóveda incierta de la desolación. Daría todo el aire por un grito, la posesión del reino por un solo gemido. Abrieron los augures las entrañas del dios y entregaron su cuerpo lacerado a los depredadores.[1]

Hurtado tiene muy claros los lugares por los que transita su trabajo y los conceptos básicos que conforman el discurso. Hablar de ello supone dar vueltas en torno a esas ideas y la tarea, aunque posible e inagotable, resulta tediosa. No es el caso de un artista que pretende encontrar respuestas en un texto sobre su obra, sino el de un artista que está interesado en conocer las sensaciones que todo ello provoca en un espectador dispuesto a poner palabras a la experiencia.

Comienzo citando a Valente, seguramente por la imposibilidad de ponerme en el lugar de la tradición de la que bebe Eduardo Hurtado. El arte vasco de los últimos cincuenta años bebe de Oteiza, o mejor dicho de un Oteiza que contempla afligido e impotente cómo sus apóstoles, una obra que vale una vida, observan su friso a los pies de una carretera, como sarcófagos abiertos y vacíos que recuerdan en Hurtado a los planos horizontales de los que parten sus piezas –TENGO / veintinueve de enero / una cristiana tristeza ardiendo / de tanto vigor perdido tanta hambre de obstinada estatua / repartida / […][2]-. Con toda probabilidad esos sean los dos lugares desde los que deberíamos analizar dicha tradición: el pedestal y el arcén. El pedestal como lugar donde se dispone, se enaltece y se desvirtúa la imagen y el arcén como lugar que anula toda esperanza, como sala de espera donde muere el combatiente, pero ambos cargados de dignidad.

Siento Todas las cosas imaginables como un proyecto de distancias e imposibilidades, y distingo dos ideas que nos acercan a la propuesta de Eduardo Hurtado: la certeza de estar frente a una situación entendida como elemento teatral y la distancia que el artista mantiene frente a ella.

El pintor está ligeramente alejado del cuadro. Así comienza Michel Foucault a desgranar Las Meninas[3], ofreciendo una descripción minuciosa. La cita es un arranque simple, y sin embargo contiene de algún modo muchas de las claves necesarias para entender esa distancia que el artista quiere establecer con respecto a la escena, lo suficiente como para que sus manos no puedan tocarla, la suficiente para que todo parezca un simulacro.

Lugares de resistencia cultural, espacios donde se han librado duras pruebas que semejan contenidas en cada uno de los volúmenes. Remates de calado industrial que soportan las imágenes y que encierran espacios anulados o no sondeados. El de Hurtado es un trabajo a medio camino entre el pasado y el presente industrial que rodea su lugar de residencia y de actividad académica –trabajo el artístico y el de investigación que jamás disocia-. Conceptos en profunda conexión con un entorno que se caracteriza por la tradición siderúrgica que ha marcado el devenir social, político y geográfico de Euskalherría.

¿En qué momento se finaliza una categorización? ¿Y una colección de cajas de fósforos? ¿Será necesario prender fuego a todo? Nos hemos fijado lugares a los que peregrinar a ciegas. El museo es un centro de reunión de devotos como lo es la basílica. Existen museos en los que podríamos pasear a ciegas y jamás dudaríamos de lo que allí se muestra. Frente a otros, sin embargo, la duda es sistemática. ¿Somos los seguidores de algo incuestionable? ¿Es la estética un dogma de fe?

Eduardo Hurtado se ha visto seducido por un dogma que ya no es dogma, o que simplemente ha dejado de serlo de forma momentánea. Se pasea por un museo en obras, testigo de un aura que se rompe en cuanto unas manos pueden desplazar una obra, en cuanto una grúa puede levantar una gran estatua. Entonces descubrimos que todo responde a una labor de escenógrafos que convierten el interés de la obra en algo incuestionable. Los grandes pedestales nos recuerdan que no vale dudar, que la historia no lo es a secas, sino con mayúsculas. A este lugar nos llevan los dispositivos que conforman Todas las cosas imaginables; por una parte nos situamos frente a una serie de fuentes de conocimiento que han sido superadas, compuestas de afirmaciones irrebatibles que sin embargo el tiempo ha descartado. ¿Qué hacer con una serie de conocimientos aprendidos cuando todo parece haber cambiado de rumbo? El plano horizontal y el metacrilato surten efecto como surte efecto la peana o la campana de vidrio. Los documentos recobran entonces su valor inicial o su valor pasa a ser artístico y la información aportada ha de ser catalogada dentro de la etiqueta de datos ya no válidos. Sobre el plano se disponen los objetos, esa metalurgia que nos lleva del campo académico al industrial. Podríamos volver a Aránzazu y nos obligaríamos a volver la vista hacia otro lugar, desviando nuestra mirada del friso, sintiendo el peso de los apóstoles de manera rotunda en ese arcén.

Eduardo Hurtado divisa el pedestal desde el arcén porque, como otros, es heredero de una tradición que equipara al artista y al obrero. Así observamos estos trabajos de Hurtado, de arriba abajo. Yo mismo soy una fábrica. / Y si bien me faltan chimeneas, / esto quiere decir / que más coraje me cuesta serlo.[4]



[1]         [1] José Ángel Valente, No amanece el cantor. Marginales, Tusquets. Barcelona, 1992.

[2]          [2] Jorge Oteiza, Androcanto y sigo, Ballet por las piedras de los Apóstoles en la carretera, en Poesía, Jorge Oteiza Fundacio Museoa, Nafarroa, 2006.

 [3]         [3] Michael Foucault, Las palabras y las cosas, Siglo XXI, Madrid, 1998.

 [4]         [4] Vladimir Maiakovski, El poeta es un obrero, en Poemas (1913-1916), Visor Libros, Madrid, 1993.

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